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Diario, cuaderno de apuntes, memorias, de esta aventura que será la preparación de mi primer maratón. El final del camino, el 24 de Abril de 2005, en Hamburgo.

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domingo, febrero 13, 2005

72. Hábitat desnudo

Supongo que me adivinas la desorientación en la cara, querido amigo. Y el caso es que me temo que esta falta de norte irá a más, y de aquí a unas semanas no conseguiré que la agujita imantada de mi brújula interna deje de dar vueltas como loca, se asiente, y me marque de nuevo el camino de la serenidad.

Mi habitación dejó de serlo ayer: la limpieza a fondo de la moqueta exigió retirar muebles, cajas, plantas, mi extenso mercadillo de zapatillas aposentado en su acogedora esquina, botelleros... todo, en fin. Terminada la tarea, ya no regresó cada enser a su hogar, sino que algunos que previsiblemente la semana que viene tomarán rumbo a algún lugar que desconozco, ya han quedado ubicados en su sala de espera particular. Allí los veo como al reo que espera su último paseo, el que lo lleva no sé si al patíbulo o a la libertad, o ambas cosas a un tiempo. Allá están, con la mirada tan perdida como la mía, tratando de averiguar por qué los desplazo, por qué los rechazo, por qué los aparto. Y no saben que soy yo quien más descolocado, marginado, extraviado se encuentra. Que me falta su alma y su calor. Que no hay nada que me guste menos que ver toda la ropa fuera del armario, apilada sobre maletas, preparada a emprender el camino de regreso a Madrid. Iba a decir a casa, pero mejor me callo.

Los cables desnudos, ya no decorosamente ocultos por una mesa estratégicamente dispuesta, me parecen ser los nervios de ésta que fue mi habitación. Nervios que afloran, que atestiguan su estado de excitación, como si la desnudez casi extrema que la caracteriza, desprovista de sofá, de sillas, de mesas, la ruborizase y le provocase una comprensible desconfianza. La veo desprotegida, frágil, sin cuadros que maquillen su palidez, que hoy se me antoja casi enfermiza. Sólo lo imprescindible continúa entregándole un último hálito de vida, como a ese enfermo entubado al que el equipo médico mantiene animado con la esperanza remota de que todo vuelva a ser como antes. El equipo de música, el ordenador, el teléfono, la cama... columna vertebral de mi soledad, de su soledad, de nuestra desnudez.

Por eso, estimado compañero, por eso me ves desorientado. No estoy aquí, y mucho menos allí. No he llegado, tampoco he partido, pero no soy capaz ni de encontrarme en el camino. Menos mal, menos mal, que tengo tanto en lo que pensar, tanto en lo que ocuparme, que no llego a percatarme de esta orfandad que me atrapa. Con la mente en otro sitio, engañando como puedo al corazón, cierro así este día. Me dirijo a la cama, y allí dormiré pronto y profundo, con la esperanza de mañana haber puesto algo de orden en esta caótica alacena de recuerdos, deseos e ilusiones.

viernes, febrero 11, 2005

73. El milagro nuestro de cada día

El desarrollo es siempre muy parecido. Estoy en el trabajo, frente a la pantalla de mi monitor, y voy lanzando miradas fugaces a la calle, comprobando cómo andan los humores de las nubes por allá arriba. Una consulta rápida en Internet, y ya sé a qué atenerme en cuanto a la temperatura. Se acerca la hora prevista de salir a la calle, los últimos tragos a la botella para no salir con la sensación desagradable de tener la boca seca... pero con prudencia, no vayamos a ir trotando con un globo de agua en el bajo vientre.

Hoy no es un día muy distinto a otros. Una lluvia fina y continua remeda un visillo tras el que la intimidad de la calle sólo se trasluce a mis ojos indagadores. La imagen me provoca un sentimiento de pereza. Yo aquí dentro, calentito y, sobre todo, seco. Al otro lado de la ventana, la ducha inmediata. Pero algo me llama y me obliga a salir. No ya mi plan, sino el saber que tras diez minutos incómodos, vendrán diez de indiferencia. Después de ella, la comodidad. Y para terminar, probablemente un disfrute inmenso, mayor que cualquier día encapotado, pero sin la visita vivificante del agua.

Me aderezo, me pongo guapo en la medida de lo posible, que es escasa, y como último detalle me calo la gorrilla que ha de proteger los ojos de las gotas traviesas que traten de aposentarse en ellos. Salgo, humedad, fresco, una imagen desapacible. Esto lo conozco, y me armo de paciencia, ansioso por que transcurran los consabidos períodos. Cuando llego al lago la sensación inicial ha desaparecido. Empiezo a sentirme bien, a disfrutar de las gotas que empapan las mallas y refrescan las piernas, quizá de otro modo recalentadas por el esfuerzo continuado de todos estos días sin descanso. Y entonces veo el piso. O lo intento, entre los charcos, el lodo, agua y más agua. Cada vez llueve más, y una inclinación involuntaria me hace tratar de mantenerme lo más seco y limpio posible.

La carrera se hace pesada, esquivar los charcos es tarea imposible, y las zancadas se pegan, se arrastran, los pies se van clavando en el suelo. Y entonces, se obra el milagro que no por conocido y esperado deja de ser gratificante, casi sorprendente en su llegada. Comienzo a olvidar el barro que me salpica y me sube por la espalda. Alargo el paso, troto, galopo, salto, caigo de lleno en los mares que surgen del suelo. Empiezo a bañarme. El cansancio, que existe, queda cada vez más lejano, relegado por el placer del niño que pisa por primera vez una playa y se reboza en la arena. Sigo, sigo, sigo, incapaz de parar. ¿Por qué me tengo que poner hoy un límite? Más, avanza más, no más rápido, sí más tiempo, disfruta, retoza, déjate llevar. No, vaya, el sol se va, no hay más luces, no veo, intuyo. Tengo que cortar justo ahora.

Da igual, que me quiten lo bailado, que se suele decir. Me meto en la ducha y el chorro caliente se lleva por el desagüe los restos de tierra que se me han pegado por una mil zonas del cuerpo. Pero no consigue arrancar ni el recuerdo ni la felicidad vivida.

74. ¿Qué piensan?

Es muy fácil encontrarse con algún compañero de afición, asomarse a un foro en la llamada red de redes, o cruzarse con un corredor desconocido al que unimos nuestro trote alegre, acabando así con el anonimato incómodamente mutuo. Nos contamos las historias respectivas, hacemos consultas sobre nuestros y sus entrenamientos, encontramos comprensión, atención y escucha. Y tanto el compañero como los lectores del foro, como el corredor del parque que fue anónimo y dejó de serlo, saben de qué les hablamos. Se ponen en nuestro lugar, no adivinamos una cara de incomprensión según nos escuchan hablando con atropellada ilusión de ese plan que llevamos con tanto rigor como nos es posible. Parece, por un instante, que el mundo entero me comprende.

¿Pero qué piensa ese viandante que me ve pasar corriendo, iba decir que a toda pastilla, pero no, digamos que sólo esforzado, con el agotamiento reflejado en la mirada? ¿Qué pasa por la cabeza de esa madre que empuja con la fuerza que le da el amor el carrito en que lleva a su niño, cuesta arriba, mientras me ve pasar una y otra vez, subiendo, bajando, por el mismo camino empinado? ¿No soy un loco a los ojos de esa pareja de ancianos que me ve acelerar el paso, sufrir, detenerme por mor del cronómetro, que no del cansancio acumulado, para recuperar el resuello sólo a medias y emprender de nuevo el galope alocado tras la tregua breve?

Todo esto se me pasa por la mente una y otra vez, mientras llevo a cabo de la mejor manera posible alguna de esas sesiones exigentes a las que a veces me someto para reclutar a los mil que han de sobreponerse a sus cuarenta y dos hermanos. No sé lo que piensan, sí lo puedo imaginar. Y secretamente, como el reo que reconoce su culpa pero se niega a gritar la confesión a quien quiera oirlo, les doy la razón. Mientras abro la boca, la nariz, el alma, para que entre ese chorro de aire que me ha de impulsar a terminar la penúltima cuesta, el rabillo de mi ojo derecho se va junto a la madre, se pone junto a sus brazos de cuna, y le dice muy bajito: sí, tienes razón, estoy loco... pero aún me queda una subida.

Y la hago, lo mejor que puedo, con esa sensación extraña de impotencia en las piernas. Que, sin embargo, no fallan y me llevan hasta arriba, donde la lluvia empieza a caer, me refresca los gemelos castigados y acaricia las mejillas enrojecidas por el esfuerzo. Entonces comienzo el descenso, troto suavemente, y la felicidad, la satisfacción, me embarga. Me siento quijotesco, y ya no sé si el loco soy yo, o quienes no están cuerdos son ellos.

miércoles, febrero 09, 2005

75. Animal de costumbres

Nos gusta quejarnos, la verdad. A menudo se nos oye echando sapos y culebras por la boca, denostando la tan mancillada rutina diaria. Es llegar el lunes y la sombra de un enfado permanente e incurable planea sobre nuestros ojos. Proyectada sobre ellos, se convierte en el espectro de unas ojeras imborrables que nos habrán de acompañar día a día hasta el advenimiento del viernes o el sábado. Despertador, café, tostada, yogur, parada, empujón, mal humor, fichar, sentarse, conversaciones banales, comida, cafelito, escaqueo, ordenador colgado, por fin, zapatillas, trote, estiramientos, ducha, cena, obligaciones domésticas, cama, libro, ¿algo más?, interruptor, dulces sueños. Un día más, un día menos. Incapaces de salir del círculo.

Y el enojo no se va, tachas los días del calendario y por fin se ve aproximarse a uno con cara alegre, ojillos traviesos de viernes por la noche. Llegó, adiós a la rutina. Y entonces subimos al trampolín de la ilusión, saltamos, nos impulsamos, y caemos de lleno en otro camino trazado, en la senda tantas veces pisada que ya no crece hierba fresca. Sólo rastrojos. Fotocopiamos el fin de semana anterior, incluso la ilusión de disfrutarlo, calcamos las noches, las madrugadas, las mañanas largas remoloneando en la cama. Clonamos hasta el desánimo vespertino y terminal de la tarde noche de un domingo. Ya toca quejarse, que el lunes trae la rutina.

Incapaces de salir de uno u otro círculo, somos animales de costumbres, necesitamos un guión, un programa de visitas. A su derecha, la oficina. Si miran a la izquierda, verán un parque llano de cuatro kilómetros de perímetro. Siguiendo de frente, cena en familia. Y cuando nos creemos tan omnipotentes que podemos renunciar a las ruedas de atrás en la bici, nos surge un día anormal. Y me toca pintar por la mañana, quedarme en casa y no ir al trabajo hasta pasado el mediodía. Comenzando el día me embarga la sensación de una libertad merecida y pocas veces disfrutada. Llegando a la universidad me empieza a subir a la cabeza un mareo extraño, el vértigo del funambulista al que han quitado la red allá abajo. Cuando llega la tarde no soy yo. Me he desorientado, no tengo brújula y olvidé coger el mapa. Nunca falta en mi mochila, pero hoy hice algo diferente y se me fue el santo al cielo. El caso es que al llegar la noche me sentí aliviado, querido diario, pues ni el entrenamiento de esa tarde consiguió pegarme la sacudida emocional que me devolviese a la realidad. El tren me llevaba flotando en mi nube, incapaz de apearme.

Menos mal que esta mañana, al sonar el despertador, he encontrado el yogur en la nevera. Natural y desnatado, como cada día.

lunes, febrero 07, 2005

76. Un púgil risueño

Hoy, como todos estos días de atrás, surcaba mi jornada redoblando la atención ante lo que ocurre a mi alrededor, a la caza de cualquier detalle o reflexión que contarte. De ahí lo que te comenté alguna vez, diario mío: aunque me tengas que aguantar y eso a veces te resulte incómodo, tengo la sensación de vivir con más intensidad cada momento que rememoro a tu lado, cada experiencia que es digna de ser compartida en la noche, antes de lanzarme al descanso, quién sabe si merecido, que se materializa en esa cama expectante a mis espaldas.

Me voy por las ramas. Digo que voy siempre atento a lo que surge u ocurre. Pero hay veces en que no hay discusión, y el acontecimiento del día te asalta, se pone a tus pies y entonces entiendes que nada podrá ocurrir hoy que nuble lo que acaba de suceder. Terminaba el trote suave que aparecía en mi planificación de hoy bajando con tranquilidad por una de las calles que rodean la universidad. Bien pertrechado contra el frío, con mallas largas, camiseta de manga larga, cinta orejera y guantes, me ha visto llegar un hombre alto, de constitución fuerte y gafas tras las que se escondían, llenos de vida, dos ojos alegres. Algo ha debido de mover mi silueta en su cabeza, probablemente el recuerdo que ya he mencionado en días pasados. El de ese boxeador de ficción que, mediatizados por la cinematografía estadounidense, todos asociamos con la música del ojo del tigre.

Estando aún a unos quince o veinte metros de distancia, se ha situado en mi camino, se ha puesto en guardia, y ha sacado los dos puños dispuesto a simular un combate en el cuadrilátero que sólo existía en su imaginación juguetona. ¿Sólo? No. Me he visto contagiado inmediatamente. A nuestro alrededor se han dibujado doce o dieciséis cuerdas, qué más da, y nos hemos esquivado, amagado, y lanzado un par de ganchos colmados de alegría espontánea. He seguido trotando, él se ha vuelto, y me ha deseado a voz en grito, con una sonrisa que se escapaba de sus labios impregnando el vozarrón, que pasase una muy buena tarde. Le he contestado con el mismo deseo, y agradeciendo desde lo más profundo de mi corazón que este tipo de gente siga caminando, sin nosotros saberlo, por la misma acera que nosotros.

Y me he preguntado por qué no todos somos así. Por qué vamos de un lado a otros mirando al suelo, sin reconocer en los ojos de ese viandante a un amigo en potencia. Por qué observamos con desconfianza a los demás y sólo mascullamos un “gracias” como quien hace algo por pura obligación cuando nos sujetan la puerta del portal. Por qué pensamos que alguien no está en sus cabales si en medio de la calle nos detiene y nos desea un buen día. O nada más entrar en el tren por la mañana nos saluda con una sonrisa de oreja a oreja y un “buenos días” que le salga de dentro. Por qué esto no ocurre más a menudo.

No lo sé, pero he seguido con mi trote henchido de felicidad. Sabedor de que su deseo se haría realidad, simple y llanamente porque era precisamente eso, su deseo. La voluntad del púgil risueño con el que he intercambiado golpes, un baile sobre la lona, y la alegría sincera que manaba de sus ojos, atravesando esas gafas diminutas, incapaces de detener tal torrente.

77. El filtro

Al abrir los ojos, la perspectiva de la habitación iluminada intensamente, la luz casi cegadora de la mañana, era el testigo de la presencia reinante del sol en el cielo temprano. La imagen era engañosa. El chorro que se cuela por la ventana y caldea la habitación a través de los cristales parece estar en comlpeta contradicción con lo que veo allá abajo, en la calle. Tejados, coches, las hojas escasas de los árboles, todo aparece barnizado con una capa blanca delgada pero firme. Parece que el calorcito de la casa es sólo una ilusión, y que allá fuera la realidad es bien distinta. Un vistazo al termómetro lo confirma: cuatro bajo cero, el mercurio atrincherado junto a los numeritos azules, parece que atemorizado de asomar la cabeza a la mañana gélida.

Pero esto me lo conozco, es cuestión de echar cuatro pasos y el cuerpo se calienta. Más en este caso, que había programado una salida más larga que lo habitual, más allá de la hora y media. Y fijándome en el panorama, ya suponía que no estaría solo. Domingo despejado igual a paseantes en masa. La ecuación que una y otra vez se cumple. Y que tiene un corolario, en forma de proliferación de corredores. Muy tranquilitos, como casi todo lo que ocurre aquí, donde las bajas temperaturas se comportan como los físicos pueden observar a escala molecular: el movimientos se ven ralentizados, todo sucede más despacio. El tiempo se toma un respiro que allá al sur, donde probablemente nos estén leyendo, se me antoja incomprensible.

Pero una vez más, la sorpresa estaba servida. Y el frío dominical se revela como un filtro eficacísimo. No sólo hay menos viandantes, que ya es notable la diferencia, ya. Sobre todo veo menos corredores. Y, lo que más me llama la atención, los que me encuentro son mucho más rápidos de lo habitual. Me pregunto, me pregunto, y entonces encuentro la respuesta. Comprendo por qué me cruzo con un montón de caras afiladas con el esfuerzo pintado en la mirada, en el movimiento rápido de las piernas. Por qué hoy hay pocos embutidos en tres o cuatro sudaderas, un gorro de papá noel y un buen pantalón de chándal bajo el que se adivina el pijama. Éstos han asomado los ojos al mercurio delator, y lo han visto por debajo de la marca que dice “¿estás bobo? ¿Vas a salir hoy a correr?” Le han hecho caso y se han quedado en la camita, al calor de las sábanas, junto a la dulce acidez de un zumo de naranja recién exprimido y el sabor rotundo de uno de esos panes integrales que te procuran energía para todo el día.

Mientras, unos cuantos locos, ni más ni menos, ni mejores ni peores que los desayunadores de la cama, hemos saludado al frío, a ese filtro, con jovialidad. Yo diría que incluso con ilusión duplicada, y nos hemos lanzado a la carrera a disfrutar de una mañana que no se volverá a repetir. Y descubro en los ojos cómplices de los corredores con quienes me cruzo palabras que se forman dentro de mi cabeza. Como si una telepatía corporativa nos permitiese hablar entre nosotros sin más que enfrentando las caras. Leo en su pensamiento la misma expresión de cansancio agradecido que flota por mi cerebro. Y la ilusión por incluirnos en un grupo que hoy, por mor del filtro de marras, se ha quedado lamentablemente exiguo.

domingo, febrero 06, 2005

78. ¿Dónde os habéis metido?

¿Dónde se había metido la gente, compañero? Recuerdo que hará unas tres semanas salí a dar unas vueltas por mi lago habitual –perdona que le anteponga el posesivo, pero podrás comprender que en una relación larga, fiel y constante como la nuestra se empiezan a confundir los términos... pero sabes que lo digo en el mejor de los sentidos-, y me zambullí de lleno en un anticilón maravilloso. Sol, ni rastro de nubes, frío... un oasis en el invierno hamburgués. Y me sorprendió constatar que el camino que habitualmente está, si no vacío, sí al menos poco concurrido, ese día parecía bullir de paseantes. Familias representadas por tres o aventuraría que cuatro generaciones se reunían en torno al agua, paseando, charlando, jugando. Incluso montando en bici. O, por supuesto, corriendo.

Iba yo ayer lanzándome con prudencia por los toboganes que separan... perdón, que unen, cómo van a separar las calles, si nacieron para unir y comunicar. Digo que iba avanzando por esas calles onduladas, en continuo subeybaja, pensando en la cantidad de gente con que me iba a cruzar. Imaginando sus caras sonrosadas por el aire frío del atardecer, satisfechas y sonrientes por el paseo junto a ese niño que los cinco días de la semana laboral se va convirtiendo casi en un extraño. El hijo en la escuela, los padres en el trabajo. Hasta que llega el sábado y la caminata vuelve a unir lo que separase la empresa. Y el reencuentro se traduce en miradas, gestos, voces, a las que se les escapa la alegría por todos los poros. Y yo esperaba encontrarme de cara con ese torrente de felicidad, de gestos cómplices de quienes reconocen en mi cara la universalidad de su gozo.

Y resultó que no había nadie. Bueno, alguno sí, no exageremos. Pero parecía como si todos hubiesen decidido hacer otra cosa, quedarse en casa, marchar al cine, deambular por las tiendas, qué se yo. Y los que no faltaron a la cita no dejaban traslucir la jovialidad que yo esperaba descubrir en sus ojos. Y ahora pienso en qué ocurrió, y no sé si lo llego a entender. El día en que no esperaba a nadie me sorprendió todo un jardín botánico de especies sonrientes. Pero es que ayer yo era ese mismo jardín. Me duraba el estado de feliz obnubilación del día anterior, y ya todo lo que ocurría a mi alrededor se me antojaba escaso y triste. Creo que fue eso. Y si no lo fue, me sirve como explicación. Al fin y al cabo yo disfruté, y de qué manera, del día, de la tarde y de la noche. Cargué mis baterías y seguí con los deberes a continuación. Con energías renovadas, sin excesos, lo justo para encontrarme con los amigos a quien tengo un tanto abandonados y tomarme algo antes de meterme, rendido, en la cama de madrugada. Y sin fuerzas para hablar contigo.

79. El gozo inesperado

Perdóname, compañero, pero he pasado unos días un tanto más ajetreado de lo normal. Ya lo habrás notado, y si bien no sé si has echado de menos mis contribuciones diarias, sí supongo que te habrás percatado de esta ausencia no tan voluntaria como podrías creer. Sin falta, mi cabecilla ha ido trazando y esbozando lo que serían mis confidencias nocturnas de la jornada. Pensando y reflexionando sobre lo vivido y lo sentido, sobre lo visto y lo oído. Pero al final, cuando tocaba ponerse frente al monitor para susurrarte, con cuidado de no despertar al vecindario, todo aquello que había urdido en mi interior, me encontraba cansado. Y, sabedor de que escribiría un texto por compromiso, he preferido dejarlo para otro momento en que me encontrase en mejor disposición

Espero que no te lo tomes muy a pecho y me sepas disculpar. Porque si no fuese así desparacerían de mi memoria y, por qué no, de mi corazón, que allá también hay un huequito para ellos, los recuerdos que ahora afloran al pensar en el viernes pasado. Iba corriendo, ya de vuelta a la universidad, y desde muy dentro te preguntaba, con la esperanza de obtener respuesta esa misma noche –qué iluso, ya ves, no sabía que mi desidia se interpondría en el camino-, si alguna vez te has sentido feliz porque sí. Sin más. Sé que es fácil recibir un beso de enamorado, o darlo, y rozar el cielo con las manos. Sé que puedes reencontrarte con un amigo o un familiar tras meses de ausencia, y notar ese ardor que te caldea, disfrutar el abrazo como el tesoro tanto tiempo buscado y por fin hallado. No es tampoco complejo ver tu nombre en una lista de aprobados, recibir la llamada de una empresa comunicándote que estás contratado, o incluso recibir un premio ocasional en una tómbola de barrio, y enlazar el éxito con la satisfacción, la felicidad, por el objetivo alcanzado.

Pero cuando toca ser feliz sin más... ¿de dónde viene esa mano que te mece, te eleva, te sostiene y te arrulla? Te hace sentir protegido, a salvo de peligros, parapetado tras tu gozo infinito, ése que ni sabes por dónde vino, ni por cuánto tiempo se quedará contigo. Entonces toca agarrarlo, atraparlo, cogerlo con suavidad por la chaqueta, hacer que te remonte y te lleve, dejarte arrastrar por su impulso. Es la excitación por saberte dueño fugaz de un éxtasis inesperado. Pero que es un águila que te deja cabalgar en su lomo, si avisar de cuándo comenzará el descenso. Entonces cierras los ojos, disfrutas, sientes el viento en el rostro, te empapas del vértigo del viaje, y no piensas en otra cosa.

Eso mismo me pasaba el viernes, y ojalá esa cara que te veo poner, cara de reproche por la tardanza, no empañe el recuerdo. Terminaba de hacer un entrenamiento satisfactorio, las piernas se sentían agradablemente cansadas, en el cuerpo ese sentir indescriptible, mezcla de agotamiento y placer. Y a mis ojos se asomaba la felicidad. Creo que iba chorreando alegría, pero tampoco eché la mirada atrás, que en estos casos no hay más que poner los ojos en el horizonte. Allá de donde supongo, sólo supongo, que surgió el gozo que me embarga. Y por donde en algún momento se ha de volver a marchar. Hasta entonces, disfruta. Disfrutemos, amigo.

viernes, febrero 04, 2005

80. La ciudad florece

Pues nada, estimado compañero, confidente y escuchante, parece que la ciudad se ha empeñado en mostrarme a marchas forzadas nuevas caras, aspectos diferentes de sí misma, que hasta hoy ni había sospechado. Y que me obligo a descubrir en las tres semanas que me quedan de estancia aquí. Porque ya se sabe que a lo largo de la carrera de Abril habrá tiempo para mirar a un lado y a otro. De encontrarme con rincones desconocidos y explorar puntos de vista inimaginados. Eso, habrá tiempo... pero, ¿y ganas, fuerzas, energías? De esto creo que andaremos un poco más justos, así que mejor no dejar muchos deberes pendientes, y empezar ya mismo a recuperar el tiempo perdido.

Muchos amaneceres he vivido de camino al trabajo. Con la extraña sensación de que cuanto antes tomase el tren, más lleno lo encontraría. Parecía manifestarse una forma de disciplina germánica, una de esas características engendradoras de estereotipos no siempre injustificados. Como si despreciasen la cama, dando la impresión de estar enojados sin reconciliación posible con unas sábanas que los escupen con la luna siempre por testigo, parecía que miles de trabajadores se apresuraban por llenar de vida las calles a horas inimaginables en latitudes sureñas. Pero hete aquí que la ciudad se me revela nueva en estos últimos días. No pudiendo hacer uso del transporte público antes de las nueve de la mañana, he descubierto en esta semana un nuevo florecimiento de la urbe. Y no. No son aquellos que se han mantenido fieles a las costumbres de sus lugares de procedencia, incapaces de hacer que su reloj biológico adelante la marcha dos o tres horas. Incapaces o inapetentes, nunca se sabe.

No sólo ellos. Multitud de teutones se rebelan contra su propio ser, y forman enjambres de obreras dedicadas a polinizar el día. Los veo subir al tren, e intuyo que en esas carteras, en las mochilas y en los bolsos, se quedan adheridas las semillas del trabajo que pronto dejarán caer en su lugar de destino, con la esperanza de que arraiguen y florezcan. Y para ello salen a la calle de buena mañana, no de madrugada como yo siempre había supuesto, pues han de contar con la colaboración de un cielo alumbrado que permita encender la llama del ciclo de la vida. Que dé el empujoncito que requieren esas semillas con que revolotean entre las líneas de metro y autobús.

Así que ya ves. Resulta que a las nueve, a las diez de la mañana, la ciudad bulle y está llena de actividad. Quién me lo iba a decir. Y quién me iba a decir que me iba a poner a pensar sobre estas cosas a estas horas de la noche. Hasta mañana, diario, disfruta de tu descanso.

81. El temor

Ya, ya se fue. Ha estado aquí, pasó fugazmente, dejando asomar tan sólo la cabeza. Diría que se ha tratado de una visita de cortesía, si como tal se pudiese calificar la presencia de tan incómodo huésped. Ha sido el primer susto, un primer temor apenas nacido, y ya desterrado. Por fortuna. No voy a decir que empiezo a comprender por qué esta carrera es especial. Aún no me atrevo a declarar a los cuatro vientos que se trata de algo más que los cuarenta y dos kilómetros del último domingo de Abril. Que es la preparación, las semanas previas, el escuchar un día sí y otro también a las señales del cuerpo, sentir nacer, crecer, tratar de hacer callar una y mil voces de alarma que a lo largo de estos meses interminables, y a la vez tan breves, se irán presentado. Me parece un tanto pretencioso proclamar tan pronto una declaración de este calibre.

Pero es cierto que hoy, cuando hacía los ejercicios de estiramiento antes de meterme en la ducha y he sentido ese nosequé extraño, ese parásito que se me ha colgado de un músculo de la pierna, he sentido el miedo como una mueca que, efímera, ha planeado sobre mi rostro. Se fue rápidamente por donde vino. Por esa fuente y sumidero de todos los gozos y los miedos, de todas las alegrías y las fobias, que es la cabeza. Con la inevitable complicidad del corazón, claro está, que es quien le da más madera, que es la guerra, para que las pasiones ardan, borboteen, entre tanta razón gris.

Sólo un amago, quizá nada más que para decirme “este soy yo, tu compañero y verdugo, el maratón”, para que tome conciencia de lo que es y no vaya demasiado confiado. Que detrás de cada cuesta, cada serie y cada kilómetro, hay una señal de peligro. ¿O es relamente un cartelón sobre fondo azul, informativo? Sí, creo que es esto. Atención, circula usted por un camino estrecho. Diríamos que por un sendero entre dos laderas pinas. No dé volantazos bruscos, que luego pasa lo que pasa y nos lamentamos. No diga que no le aviso.

Pero nada, querido amigo, finalizó el día y el intruso se fue. Me acuesto sólo contigo, que no es plan de desdeñar presencias amigas en la cama, pero tampoco vamos a aceptar a cualquier extraño, ¿verdad? Así que me despedí de ese espía encapuchado sin invitarlo a volver. Y para que lo tenga meridianamente claro, mañana pienso darle esquinazo. Esconderme en lo más profundo del descanso, allá donde el follaje, por muy escaso que sea por culpa de este invierno que nos atrapa, me cubra bien y no me deje ser descubierto. Estoy casi seguro de que él volverá a darse una vueltecita, por ver si mi valentía, mi imprudencia o la simple y llana temeridad, me ha invitado a lanzarme al ruedo otra vez. Pero no. Bajo la marquesina del descanso esperaré al autobús que me llevará al siguiente entrenamiento. Y el viaje durará una jornada entera.